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                          de OG MANDINO -Se presenta aquí la leyenda de Hafid, un camellero de hace dos mil años, y su ardiente deseo de mejorar su humilde condición. A fin de poner a prueba su habilidad en potencia, es enviado a Belén por su señor Pathros, el gran mercader de caravanas, a vender un solo manto.

                          Og Mandino (fallecido en 1996) fue un hombre que no sólo practicó lo que predicaba, sino que también inspiró a millones de personas para que siguieran su ejemplo de éxito y de una vida fructífera. Es el autor motivacional más leído.
                          Sus libros han vendido más de treinta y seis millones de ejemplares en veinte idiomas.

                          Este que es uno de los libros de autoayuda más importantes que existen en la actualidad, trata de la historia de un vendedor ya anciano que intenta trasmitir su enseñanza a un discípulo a través de diez pergaminos que contienen principios para lograr el éxito en el arte de vender.

                          Como su nombre lo indica está dirigido a vendedores, pero puede ser leído por toda clase de lectores, ya que todos, en una forma u otra, vendemos algo.

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                          Sobre el autor
                          OG MANDINO es editor ejecutivo de Success Unlimited (Éxito sin límites), revista de éxito, que señala rumbos en los Estados Unidos. A Treasury of Success Unlimited es una antología de los mejores escritos que han aparecido en la revista desde su fundación en 1954. Presenta en este novísimo libro el conocimiento y la sabiduría adquiridos en casi dos décadas como vendedor y jefe de ventas. Sus artículos y cuentos han sido aclamados nacionalmente por su sensibilidad y compasión.

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                          Capítulo VII

                          Capítulo VII

                          Hafid, a lomo de mula, entró en la amurallada ciudad de Damasco, por la puerta oriental. Marchó por la calle llamada Derecha con dudas y temores, y el ruido y la gritería procedentes de centenares de bazares no atenuaron sus temores.
                          Una cosa era llegar a una ciudad grande formando parte de una poderosa caravana de mercaderes como la de Pathros; muy otra era llegar solo y sin protección alguna. Los vendedores callejeros corrían hacia él de todas partes enseñándole mercancías, procurando cada uno gritar más fuerte que su competidor. Pasó frente a negocios que parecían celdas, y bazares que exhibían la artesanía de orfebres que trabajaban artísticamente el cobre y la plata, talabarteros, tejedores, carpinteros; y a cada paso de su cabalgadura se encontraba frente a frente con otro vendedor, que con las manos extendidas, ofrecía su mercancía con palabras quejumbrosas de conmiseración.

                          Directamente al frente, más allá de la muralla occidental de la ciudad, se levantaba el monte Hermón. Aunque era verano, su cima estaba coronada de nieve, y parecía contemplar la cacofonía del mercado con tolerancia y paciencia. Finalmente Hafid se apartó de la famosa calle doblando en una esquina y buscó alojamiento, que no tuvo dificultad en encontrar en una posada llamada Moscha.

                          Su habitación era limpia y pagó un mes de alquiler por adelantado, lo que de inmediato lo acreditó ante Antonino el propietario. Luego llevó a su mula a la caballeriza ubicada detrás de la posada, se bañó en las aguas del Barada y regresó a su habitación.

                          Puso el pequeño cofre al pie de su catre y procedió a quitar las correas de cuero. La tapa se abrió fácilmente y contempló los pergaminos. Finalmente metió la mano y los tocó. Cedieron bajo la presión de sus dedos, como si estuviesen vivos y al instante retiró la mano. Se puso de pie y dio unos pasos hacia la ventana enrejada por la que entraban los ruidos del bullicioso mercado ubicado a casi media milla de distancia. Lo invadieron de nuevo el temor y la duda al mirar en la dirección desde donde llegaban voces apagadas, y sintió que se le debilitaba la confianza.
                          Cerró los ojos, se apoyó contra la pared y exclamó en alta voz: «¡Qué necio soy al soñar que yo, un simple camellero, será aclamado un día como el más grande vendedor del mundo, cuando en realidad no tengo ni el valor de caminar por los puestos de los buhoneros en la calle! Hoy mis ojos han contemplado a centenares de vendedores, todos ellos mejor equipados que yo para su profesión. Todos ellos eran intrépidos, entusiastas y persistentes. Todos ellos parecían equipados para sobrevivir en la jungla laberíntica del mercado. Sería estúpido y presuntuoso de mi parte pensar que puedo competir con ellos y superarlos. Pathros, mi Pathros, temo que fracasaré de nuevo».

                          Se arrojó sobre su catre, y cansado de su viaje, sollozó hasta dormirse.
                          Cuando se despertó era de mañana. Aún antes de abrir sus ojos escuchó un gorjeo. Se sentó y contempló con incredulidad a un gorrión asentado en la tapa abierta del cofre que contenía los pergaminos. Corrió a la ventana. Afuera, miles de avecillas se posaban en las higueras y sicómoros, saludando al día con sus trinos. Y mientras Hafid observaba, algunas de las avecillas se posaron en la repisa de la ventana, pero emprendían rápidamente el vuelo al menor movimiento de Hafid. Luego se dio vuelta y observó de nuevo el cofre. Su alado visitante ladeó airosamente la cabeza y miró al joven. Hafid caminó lentamente hacia el cofre, con la mano extendida. La avecilla se posó sobre su palma.
                          —Miles de tu clase allí afuera tienen miedo. Pero tú tuviste el valor de entrar por la ventana.
                          La avecilla picoteó repetidamente la piel de Hafid y el joven la llevó hacia su mesa donde estaba su mochila con pan y queso. Los partió en pedacitos y los puso junto a su pequeño amigo que comenzó a comer.

                          Un pensamiento se le ocurrió a Hafid al regresar a la ventana. Restregó la mano contra las aberturas en las celosías. Eran tan pequeñas que parecía casi imposible que un gorrión pudiera haber entrado por ellas. Luego recordó la voz de Pathros y repitió sus palabras en alta voz:
                           «El fracaso nunca te sobrecogerá si tu determinación para alcanzar el éxito es lo suficientemente poderosa».

                          Regresó al cofre y metió en él la mano. Uno de los pergaminos estaba más gastado que los demás. Lo sacó del cofre y lo desenrolló suavemente. El temor había desaparecido de su corazón. Luego miró hacia el gorrión. También había desaparecido. Sólo las migajas de pan y de queso quedaban como una prueba de la visita de aquella avecilla llena de valor.
                          Hafid echó una mirada hacia el pergamino. En el encabezamiento decía:

                          «El pergamino número uno». Y comenzó a leer…